Memorias Contables

Parece una labor tediosa coleccionar facturas para responder en qué se ha ido nuestro dinero mensual. Sin embargo, Ana María Velásquez descubrió que los recuerdos cotidianos se escapaban de sus manos tan rápido como las monedas entre sus dedos, y que esos papelitos desdeñables, que solo importan a la dirección de impuestos, podrían proporcionarle un mapa de sus hábitos y sus ritmos. Así comenzó todo.

La artista se convirtió en contadora de sí misma. La rutina básica consistió en conservar en su billetera los recibos de caja de las transacciones cotidianas, de donde pasaban a un cajón sin orden alguno. Incapaz de una clasificación diaria, se justificaba pensando que, cuando llegara el momento de catalogar, el arrume y el desorden darían cuenta de su memoria perezosa. Así, se impuso la tarea, cada mes, de archivar las facturas en sobres, de acuerdo con fechas y rubros personales.

Poco a poco empezó a asomar el trazado de un mapa personal sin lugar a mentiras piadosas. Fueron quedando en evidencia tanto las compras más banales y repetidas, como también aquellas que representan los momentos dolorosos o alegres, que rara vez se asocian en la memoria con un valor contable. El resultado no solo fue la curva del hábito que se delata ante nosotros mismos, sino los quiebres y discontinuidades, que a pesar de su infrecuencia sacuden nuestros balances.

Con el tiempo, Ana María se vio en la necesidad de llevar una contabilidad paralela durante sus viajes. Más que hábitos, los recibos de pago daban cuenta de recorridos y, como si fueran tablas cartesianas de columnas de gastos, comenzaron a vislumbrarse los perfiles de las ciudades visitadas. Las formas de los edificios parecían encontrar una sugestiva simetría con las facturas alineadas y superpuestas, ya una obsesión perseguida de tiempo atrás en la cotidianidad.

Son tres la ciudades que se levantan en el horizonte: Nueva York y Los Ángeles como lugares de destino, y Medellín como el punto de vista, el lugar donde se origina la mirada. Los hilos de los que cuelgan los edificios semejan las largas columnas de los cuadernos contables, mientras que las perforaciones en los espacios sin información son una concesión a la memoria en su tarea de hacer lugar a nuevas vivencias. Se adivina en el paisaje irregular de los rasca cielos, la búsqueda de las montañas en ciudades que no las tienen, mientras que la misma tendencia en Medellín tiende a remplazar la cordillera ya existente.

Memorias Contables no solo reivindica la importancia del hábito en el artista, no tanto impuesto como observado, sino el recorrido creativo que en este caso ha ido desde el ejercicio de la elaboración al de la depuración. Las facturas —almacenadas y ordenadas, archivadas y legajadas, representadas y nunca más abiertas, o perforadas y colgadas—, terminan por tener la fuerza y al mismo tiempo la necesaria candidez del ser humano, en su afán por arrojar lejos de sí la posibilidad de ser dominado por el olvido.

Ignacio Piedrahíta